animales

Una posible referencia a ántrax en la antigua Roma

Virgilio en el libro III de su obra Geórgicas hace una descripción de una epizootia (Enfermedad que reina transitoriamente en una región o localidad y ataca simultáneamente a una gran cantidad de individuos de una o varias especies de animales) a la que se denominó la peste de Nórica, zona geográfica que se encontraba entre los Alpes orientales, al norte del mar Adriático.  Se trataba de una "enfermedad del aire" que causó la muerte y rebaños, animales salvajes y corrompió las aguas de los lagos e infectó de veneno los pastos. 



Este episodio de peste ha sido analizado y se ha interpretado como una pleuroneumonía contagiosa bovina, una peste bovina y el más aceptado de todos: antrax.

El ántrax es infección provocada por la bacteria Bacillus anthracis que fabrica esporas, estas pueden vivir años.  La enfermedad comienza cuando entran en el cuerpo. Se trata de una enfermedad frecuente en los animales de granja (como las ovejas, las vacas y las cabras).

Leamos a Virgilio a ver que nos cuenta:

"Por corrupción del aire se originó en otro tiempo un deplorable estado de la atmósfera, que, agravándose con toda la fuerza de los calores otoñales, entregó a la muerte toda especie de animales domésticos y salvajes y corrompió las aguas estancadas e inficionó los pastos con la peste. Ni era uno solo el camino de la muerte, sino que cuando una fiebre ardiente introducida por todas las venas había reducido los miembros a un estado lastimoso, manaba a su vez abundante pus, que disolvía todos los huesos minados progresivamente por la enfermedad.

Muchas veces, estando de pie la víctima junto al altar en medio del sacrificio de los dioses, al tiempo que la ínfula de lana ciñe su cabeza con nivea cinta, se desplomó moribunda junto a los vacilantes sacrificadores, o si el sacerdote había inmolado antes con el hierro a alguna, no arden sus entrañas puestas sobre los altares, ni el adivino consultado puede dar la respuesta y apenas si los cuchillos, puestos bajo su cuello, se tiñen de sangre y si la superficie de la arena se ennegrece con algo de materia.

También en medio de abundante hierba mueren a manadas los becerros y entregan sus dulces vidas junto a los pesebres llenos; y también se apodera la rabia de los perros cariñosos y una tos anhelante sacude a los apestados cerdos y ahoga sus fauces tumefactas.

Desfallece, sin suerte en sus esfuerzos y descuidado de la hierba, el caballo vencedor y se aparta de las fuentes y golpea sin parar la tierra con el casco; cuelgan sus orejas e igualmente se extiende sobre su piel un vago sudor, frío cuando están a punto de morir; se seca la piel y al palparla resiste dura al tacto.

Estos son los síntomas que preceden a la muerte desde los primeros días. Si, por el contrario, el mal en su proceso comienza a recrudecerse, entonces ciertamente se les inflaman los ojos y sacan la respiración de lo más hondo del pecho, agravada a veces por un gemido, y dilatan lo más hondo de los ijares con prolongado hipo; una sangre negruzca se escapa por las narices y la lengua, áspera, oprime sus obstruidas fauces. Les sirvió de alivio echarles vino puro con un cuerno como embudo; este pareció el único medio de salvar a los que morían; luego, esto mismo era su perdición, pues, reanimados, ardían con más furia y ya en las ansias de la muerte (premien mejor los dioses a los piadosos y reserven a los enemigos delirio semejante), desgarraban ellos mismos sus miembros a pedazos con sus descarnados dientes.

Pero he aquí que resollando bajo el duro arado cae muerto el toro y arroja por la boca sangre mezclada con espuma, al tiempo que lanza los últimos gemidos. Triste, el labrador, desunciendo al otro novillo consternado por la muerte de su compañero, se marcha y deja el arado clavado a la mitad del surco. Ni las sombras de elevados bosques, ni la hierba tierna de los prados consiguen alegrarlos, ni tampoco el río, que más puro que el ámbar, rodando sobre piedras, se dirige a la llanura, sino que se les aflojan desde el hondo los costados y un estupor invade sus ojos inmóviles y su cerviz, agobiada por su peso, se inclina hacia la tierra. ¿De qué le aprovechan su trabajo y sus servicios? ¿De qué haber removido con la reja la pesada tierra? Y sin embargo, no fueron los dones másicos de Baco, ni los abundantes manjares los que les dañaron: se apacientan de hojas y del sustento de sencillas hierbas, su bebida son las fuentes cristalinas y los ríos de rápida corriente y jamás interrumpen los cuidados sus saludables sueños. En aquel tiempo, según dicen, en vano se buscaron por aquellas comarcas novillas para el culto de Juno y uros desiguales condujeron los carros con ofrendas a los elevados templos. Por eso los labradores abren penosamente la tierra,con los rastros y con sus mismas uñas entierran las simientes y a través de elevados montes arrastran con el cuello estirado los rechinantes carros.

El lobo no espía el lugar de una emboscada alrededor de las majadas, ni ronda por la noche los rebaños; un cuidado más punzante lo sujeta; los tímidos gamos y los huidizos ciervos andan ahora errantes mezclados con los perros y alrededor de sus viviendas.

Sobre el borde de la orilla arrojan ya las olas, como cuerpos de náufragos, lo que cría el mar inmenso y toda especie de seres nadadores; las focas huyen a los ríos donde viven extrañadas. Muere también la víbora, en vano defendida por sus sinuosos escondrijos, y lo mismo las hidras, a las que el espanto encrespa sus escamas. Para las mismas aves es perjudicial el aire y al caer dejan ellas la vida bajo las altas nubes. 

Además, de nada sirve ya el cambiar de pastos, y los remedios que se buscan perjudican; se dieron por vencidos los maestros en el arte, Quirón, hijo de Filtra, y Melampo Amitaonio. La pálida Tisífone, escapada a la región de la luz desde las tinieblas de la Estigia, se enfurece y lleva por delante a las Enfermedades y al Temor y se engrandece levantando su cabeza de día en día más insaciable.

Los ríos y sus orillas secas y las empinadas colinas resuenan con el balido de las ovejas y los mugidos repetidos. Y ya Tisífone extiende la matanza sobre manadas de animales y en los mismos establos amontona los cadáveres descompuestos por repugnante podredumbre, hasta que se aprende a cubrirlos de tierra y a esconderlos dentro de las fosas.

Porque ni la piel tenía aplicación alguna, ni las carnes puede nadie purificarlas con el agua, ni cocerlas al fuego, ni pueden tampoco esquilarse los vellones, carcomidos por el mal y la suciedad, ni tocar las telas sin que se pulvericen, y si con todo había probado alguien estos vestidos aborrecibles, unas pústulas ardientes y un sudor inmundo se pegaba a los infestos miembros, y sin que se esperase
largo tiempo el fuego sagrado devoraba el cuerpo entero contagiado."

Fuentes:

P. VIRGILIO MARÓN, "Geórgicas", traducción de Tomás DE LA ASCENSIÓN RECIO GARCÍA
y Arturo SOLER RUIZ, ed. Gredos.

VIVES VALLÉS, M.A. y MAÑÉ SERÓ, M.C. "La veterinaria grecorromana", ed. Universidad de Extremadura.

https://es.wikipedia.org/wiki/Bacillus_anthracis


About María Engracia Muñoz-Santos

0 comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

Con la tecnología de Blogger.